No me gusta planchar. Es una de las tareas domésticas que intento retrasar lo máximo posible y, cuando se trata de mis propias camisas, a veces ni siquiera lo hago. Me parece un poco perder el tiempo. Diez o veinte minutos para planchar algo que, a los cinco minutos de ponértelo, ya estará arrugado otra vez. Y además no es tarea fácil: encontrar el punto exacto para que la temperatura no estropee el tejido (especialmente cuando la etiqueta hace tiempo que se volvió ilegible); la forma de colocar la camisa sobre la tabla para poder hacer bien mangas, cuellos, puños y botones; y ya no hablemos de si la prenda tiene formas curvas, bordados o fruncidos.
Sin embargo debo reconocer que pocas sensaciones son tan agradables como la de ponerse una camisa recién planchada. Esa suavidad deslizándose por mis brazos, esa ligereza del tejido, ese resto de calidez que se conserva entre los hilos y que eriza un poco la piel.
Lástima que la ropa que va al armario perderá ese calor y se empezará a arrugar poco a poco, pesé a estar colgada en perchas, de modo que cuando vaya a ponérmela ya no sentiré esa sensación.
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